
Kafka, Camus y Sartre le parecieron brillantes con su absurdismo. Luego de milenios enfrentando la eterna pregunta del porqué de la muerte, especialmente repetida ante la pérdida de seres queridos; le pareció que la desaparición de un sentido absoluto le daría un respiro. Especialmente en el caso de Kafka, que dejó todo en un ámbito agobiante y sin salida. Camus y Sartre estuvieron bien, pero su planteamiento de la búsqueda de sentidos propios sobre los que construir la vida le parecieron un poco volver a caer en la trampa de la necesidad humana de encontrar una respuesta.
El Boom latinoamericano introdujo cosas interesantes. Sobre todo, le gustaba el concepto de ruptura con cosas como el tiempo lineal y el entrelazamiento entre lo mítico y el relato histórico tradicional. Sin embargo, todo comenzó a problematizarse con esa presentación exótica de la América Latina en búsqueda de un mercado europeo. Antes, sólo bastaba con susurrarle al oído una crítica, para hacer que los escritores se sumieran en la melancolía y la depresión. Ahora todo se había tornado demasiado relativo y primaban las ventas. Con Vargas Llosa comenzó a sentir que estaba perdiendo su toque. Sus susurros, lo único que lograron fue que diera un salto olímpico de la izquierda a la derecha. Todo comenzó a desmoronarse desde ese momento, hasta que Pablo Coelho le demostró lo inútil que ya resultaba criticar la validez literaria de una obra, cuando la respuesta del autor era simplemente contabilizar la cantidad de libros vendidos.
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