
Sus dedos confundían las letras y apretaban teclas innecesarias, lo que siempre le provocaba frustración y ansiedad. Sin embargo, su tenacidad eterna le permitió continuar ejerciendo una práctica que se le había impuesto necesaria. Invariablemente culpaba a la naturaleza larga y huesuda de sus dedos por la torpe ejecución, evitando confrontar la realidad de que siglos empuñando una guadaña no eran la mejor forma para haber desarrollado las destrezas motor-finas de sus manos.
Finalmente se colocó frente al ordenador, con el firme propósito de comenzar con la labor que le convocaba el día. Tenía sentimientos encontrados en cuanto a la forma en la que ahora ejercía su oficio. Por un lado, resultaba conveniente poder hacerlo todo sin tener que desplazarse a las distintas partes del planeta. Sin embargo, echaba de menos la emoción que generaba el contacto físico y ser testigo presencial de las reacciones que sus tímidos susurros generaban en el oído de los escritores. Tal vez el ambiente tormentoso que oscurecía el horizonte tuvo mucho que ver, pero lo cierto fue que se permitió postergar su trabajo por un tiempo, para saborear el recuerdo de aquellos proyectos que le generaron mayor disfrute y orgullo en su labor con los escritores.
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