
Balzac, Zola y Pérez Galdós tampoco le resultaron desagradables. Siempre disfrutó de esa frialdad con la que pretendían describir, de manera tan minuciosa, una realidad que consideraban determinada e inflexible. Se reía a mares de la rigidez de los tipos sociales que presentaban en sus obras, especialmente por las pretensiones científicas con las que los naturalistas se sumergían en razonamientos darwinistas. Por eso disfrutaba tanto de susurrarles al oído la acusación de que eran esencialistas, sabiendo que el término les resultaría tan ajeno que sólo los sumergiría en una confusión anacrónica, imposible de entender para ellos. Sin embargo, no pudo dejar de agradecerles esa relación con la construcción de identidades regionales y nacionales, que luego le hicieron más fácil la masificación de la muerte en el siglo XX.
Joyce, Proust y Virginia Woolf le complicaron un poco la existencia con todos esos elementos psicológicos y su irreverencia con lo clásico. Pero no podía negar que le agradaba ese elemento elitista que introducía la complejidad de la lectura de sus obras y que excluía a la mayoría de los lectores. Nunca estuvo de acuerdo con la democratización de la lectura. El mundo era más controlable cuando sólo unas cuantas personas dominaban la tecnología de la escritura, así que no estaba mal crear un tipo de literatura que, aún gente que sabía cómo leerla, no entendiera qué quería decir.
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