2 – Pastores, pícaros y desencantos



No era la primera vez que se permitía ese lujo, e invariablemente sus recuerdos comenzaban con Jorge de Montemayor. El sólo recuerdo del nombre le provocó un mohín de desagrado. Después de siglos presenciando la maldad humana, le repugnaban los escritos pastoriles llenos de amor idealizado y rodeados de una naturaleza bucólica. Nunca dejó de susurrarle al oído críticas a ese mundo falto de realismo, en el que burdos pastores se presentaban como personajes cultos y refinados, en tramas que se repetían una vez tras otra. Tal vez por eso disfrutó tanto darse el gusto de provocar su muerte en un lance sentimental, que dejó de ser romántico cuando la vista del rival se difuminó frente a sus ojos para enfrentar el rostro cadavérico que le arrebataba su joven existencia.

Quevedo, por el contrario, siempre le resultó simpático. Por eso se molestaba con quienes criticaban el género picaresco como literatura de poca monta y como una apología a una vida de delincuencia. Su realismo llegaba a ser crudo para muchas personas, pero su crítica a la sociedad y a las instituciones iban muy a tono con la repugnancia que le generaban los humanos. Compartía con Quevedo una historia de amargura y desencantos, que inexorablemente los sumergía en la melancolía. Por eso nunca consideró que terminar con su vida fuera un castigo, sino una forma en la que le ofrecía un descanso de tantas penurias, al autor con el que se identificó tanto.


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